sábado, 20 de febrero de 2016

Viajes con mi amigo Tobik (IV)


Una vez desconectado y desapegado del mundo material, quise hacer caso omiso de mis pingües beneficios y poner a prueba mis capacidades de supervivencia, demostrarme que no todo se consigue con dinero y que soy capaz de hacer cosas por mi mismo. Porque claro, no tiene gracia actuar como si tuviera un destacado colchón económico como el que tengo y me respalda, un colchón que me permite algo más que salir de un apuro y, además, me aporta una importante seguridad en mí mismo; si lo que quieres es conocerte a ti mismo y tus límites lo mejor es despojarse y vivir desapegado, pero sabiendo que tienes respaldo, una red que te sujeta si caes, un gancho que te une a la vida mundana…. Esto se consigue gracias a los pingües beneficios.

Así que decidí buscar trabajo. Algo suave, tranquilo, sencillito, sin agobios, temporal, que no comprometiese mi libertad, que no dañara mi salud física o mental, algo que pudiera dejar cuando lo considerara oportuno, un trabajo que se ajustase a mi, a ser posible en contacto con la naturaleza para estar conectado, sin demasiada responsabilidad, sin exigencias, algo que me permitiese pasarlo bien, sin presión por horarios u objetivos, sin nadie que me supervise, donde pudiera conocer gente nueva y relacionarme,  conocer la cultura del lugar y a los lugareños, que estuviera bien remunerado (no me gustan los trabajos en los que se explota y oprime a la gente) donde pudiera elegir cuándo y  cómo trabajar, que me permitiera tener tiempo libre para desconectar y perderme por  los paisajes níveos, como mucho media jornada, mil dólares mensuales, un trabajito de esos que nadie quiere, ya que todo el mundo lo que quiere es competir por un absurdo trabajo competitivo.

Finalmente, y dado que resultó más complicado de lo que yo pensaba encontrar un empleo de esas características  (no sé por qué) decidí ponerme a hacer collares y pulseras para venderlas en la calle. Recordé el arte polinesio de hacer cosas con las cuerdas, por lo que fabriqué canoas al estilo maorí con juncos y maderas; consideré que podrían ser muy útiles para la pesca,  las comunicaciones por las tranquilas aguas del ártico y sus lagos, así como para ayudar a los habitantes del lugar. Pero, cosas del destino, resultaron ser sorprendentemente similares a unos artilugios que los lugareños denominan kayak. Los lugareños, llamados ahora inuits (en vez de esquimales porque, por lo visto, esquimal significa “cazadores que comen carne cruda” y eso es etnocentrista, despectivo y nada vegano) me miraban cada vez con mayor extrañeza… El parecido fue pura casualidad. Es más, me sentí satisfecho e integrado en la cultura inuit al ver que mi idea coincidía con los artilugios llamados kayak que por allí estaban. Jamás hubiera pensado que fueran capaces de fabricar algo semejante a lo que yo hice. Fue una muy grata sorpresa ese encuentro de ideas. Lo que no entendí muy bien fue por qué me miraban tan raro y formaban corrillos hablando en voz baja cada vez que me veían; supongo que es alguna costumbre nativa cuyo propósito desconozco. Yo estaba muy orgulloso de mi mismo y feliz por sentirme tan identificado con su cultura e impregnado de sus formas de vida, a la par que realizado.  

La creatividad se vio disparada y desbordada. Lo que vino luego fue un no parar. Se me ocurrió la idea innovadora de hacer camisas polinesias para venderlas a propios y extraños; dar así color a los paisajes níveos. Llenar el blanco de la nieve con los colores vívidos de la flora tropical y ecuatorial… hacer fusión: el nombre de mi nuevo proyecto estaba claro, Tropicartic. Alaska es para mi como un gran lienzo para colorear, un espacio en blanco donde plasmar tus ideas,

Cumplí con el protocolo propio de estos casos: una mesita pequeña como expositor de mis abalorios en un lugar estratégico, una barrita de incienso natural para relajar la atmósfera y quitar el olor a pescado que siempre flota en estos lares, mi amigo Tobik como gancho para llamar la atención de la gente, unas pintas desaliñadas (así como antisistema). Todo perfecto, correcto, tal como establecen los manuales no escritos de la vida nómada. Nada podía fallar.

Sin  embargo no tuvo demasiado éxito el arte polinesio en tierras árticas. No sé qué pudo fallar. Estas ideas innovadoras y sostenibles no han calado en la sociedad inuit, a pesar del extraordinario parecido físico entre polinesios y esquimales. Parece mentira, tan iguales y tan diferentes al mismo tiempo. Increíble. Creo que he aprendido la lección: tal como defiende el relativismo cultural, no se puede innovar desde una posición etnocéntrica, no se puede imponer una cultura a otra; en este caso los inuits, una cultura que me demostró ser cerrada e intolerante a los pensamientos que no fueran como los suyos; y eso que mis innovaciones y sugerencias eran por su bien. Pero no importa, de los fracasos también se aprende, lo importante es saber levantarse y empezar de nuevo.

Recordé entonces el valor de una cultura abierta e ilustrada por lo que la señal estaba clara. Próximo destino: la ciudad de las luces y el iluminismo, París; la cuna de la democracia moderna, la ilustración, la cultura, el conocimiento verdadero y justo, la patria de la libertad...

No hay comentarios:

Publicar un comentario