He decidido tomarme un descanso y desconectar un poco. Mi viaje por
Australia fue tremendamente agotador. Llegar hasta el Uluru no fue cosa
fácil. Se averió el todoterreno en el que viajábamos, unos indígenas
sobresaltados nos atacaron (yo pensaba que eran pacíficos), dos canguros
se comieron nuestra comida (yo pensaba que eran pacíficos). Además, el
voluntariado en la reserva de koalas también me produjo estrés (yo
pensaba que eran pacíficos... los encargados de la reserva digo) Lo
dicho, el estrés sufrido bien merecía un descanso y decidí retirarme a
la Polinesia Francesa: Tahití.
Me alojé en un humilde bungalow
de hojas secas de palmera en frente de una playa paradisíaca sin lujos,
sólo con lo necesario para sobrevivir. La vida es placentera y
tranquila, sigo los ritmos de la naturaleza y, con la mirada, el ritmo
de esas jovencitas polinesias con cocos cubriendo sus dulces pechos
mientras danzan para los foráneos, invitando al placer carnal con total
naturalidad. Sin los prejuicios y condicionantes morales de la cultura
occidental, el placer carnal en estas tierras se vive de forma
diferente, todo es más libre y sin pudor; actos que en occidente pueden
parecer obscenos y pervertidos aquí son vividos de forma absolutamente
normal. Es un alivio y todo un descanso poder dejar fluir tus pasiones
más profundas y perversas sin tener que estar recurriendo a sucias
artimañas de manipulación psicológica para conseguir tus propósitos
(gracias Mahuru, que significa Diosa de la Primavera, por aquello que ya
sabes)
Pero no todo es placer y tranquilidad, lujuria y
desenfreno. A los pocos días comencé a tener pesadillas que no me
dejaron dormir. Siempre la misma escena: un hombre casi loco
persiguiéndome con una navaja o una especie de cuchilla de afeitar.
Esto, y una palabra que se repite: Papeari... Papeari... Papeari.... Al
mismo tiempo, una necesidad enorme de hacer algo que jamás había sentido
la inspiración de hacer: pintar, dibujar, hacer cuadros. Preocupado por
estos hechos fui a consultar a un chamán polinesio practicante de una
fe indígena que llaman Huna. Lo que me dijo fue increíble. Me dijo que
vio en mi espíritu a un ser que podría ser un viejo conocido de la
Polinesia Francesa. Me contó la historia de que hace unos cien años
habitó en estas tierras un foráneo oriundo de París muy hábil en las
artes plásticas y la pintura. Que esa persona había huido del Viejo
Continente tras graves problemas con un amigo suyo, también hábil en las
artes plásticas y la pintura. Le pregunté si para él significaba algo
la palabra Papeari, que también oía en mis pesadillas. La respuesta fue
sorprendente: Papeari era el lugar en el que habitaba ese personaje
extraño durante su primera visita a las islas. Puse todas mis fuerzas en
intentar averiguar de qué personaje podría estar hablándome el chamán
polinesio de la fe indígena que llaman Huna. Mientras investigaba, me
dediqué a elaborar ungüentos oleosos de diversos colores con lo que la
naturaleza me proveía hasta conseguir mis propios pigmentos; con hebras
de coco seco fabriqué mis propios pinceles. Comencé a pintar. A los
pocos días fui a Papeari a ver qué podía averiguar sobre el dichoso
pintor que poseía mi alma. ¡Sorpresa!... allí estaba..... la Casa Museo
de Paul Gauguin. Ya todo tenía sentido; el que me perseguía en mis
sueños con una cuchilla de afeitar era Van Gogh mientras discutía con
Gauguin en Arlés justo antes de cortarse la oreja.... Increíble, el
instinto que me llevó a Tahití era en verdad el espíritu de Paul Gauguin
reencarnado sobre mi persona.
Conté esta historia a una pareja
de ancianos que se hospedaban en la humilde cabaña de al lado. Una
pareja ya retirada de los negocios oriunda de Francia y dueña de una
conocida multinacional francesa dedicada a la distribución de productos
para el bricolaje, pero cuyo nombre no voy a decir para que no sean
fácilmente identificables, por respeto a su intimidad y anonimato.
Fascinados por los acontecimientos que estaban presenciando, no dudaron
en adquirir mis obras artísticas por una más que generosa cantidad de
dinero, hecho que agradecí pues pude reponer mis ya mermados recursos
económicos. Al verme despojado de mis creaciones artísticas y con los
bolsillos repletos del vil metal, un frío como jamás había sentido
recorrió mi cuerpo. No sé si es que Paul me abandonó en ese momento o es
que una nueva sensación me empujaba a otro lugar. Lo único que sé es
que sentí frío.... mucho frío. La señal estaba clara. Mi próximo
destino: Alaska.
Y aquí estoy camino de tierras polares en un
Airbus 380 de Fly Emirates donde, por cosas del destino, la tripulación
de cabina ha tenido que ubicarme en primera clase aún no habiendo yo
comprado el billete para tal categoría. Así descanso y desconecto un
poco. A fin de cuentas, estar poseído por el espíritu de un pintor
famoso no es plato de buen gusto para nadie, aunque solo sirva para
adquirir pingües beneficios económicos. Es tremendamente agotador y
decepcionante ver como tu YO, tu EGO, eso que has ido a encontrar y
vivir tras dejarlo todo, se sale de tu cuerpo para que de pronto llegue
Paul Gauguin, se introduzca en tu ser y te lleve a las paradisíacas
islas de la Polinesia Francesa sólo para algo tan banal y superficial
como gozar del sexo libre y libidinoso o hacerte con una importante suma
de dinero. Todo ese desarraigo del YO en plena reencarnación para que,
de la noche a la mañana, te dejen helado, frío y abandonado para irse
con una pareja anciana oriunda de Francia, dueña de una conocida
multinacional francesa dedicada a la distribución de productos para el
bricolaje, pero cuyo nombre no voy a decir para que no sean fácilmente
identificables, por respeto a su intimidad y anonimato. Siento ese
frío... ese vacío... pero.... allá voy Alaska... allá voy... Quizás allí
si podré encontrar a mi verdadero YO.

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