sábado, 13 de febrero de 2016

Viajes con mi amigo Tobik (II)


He decidido tomarme un descanso y desconectar un poco. Mi viaje por Australia fue tremendamente agotador. Llegar hasta el Uluru no fue cosa fácil. Se averió el todoterreno en el que viajábamos, unos indígenas sobresaltados nos atacaron (yo pensaba que eran pacíficos), dos canguros se comieron nuestra comida (yo pensaba que eran pacíficos). Además, el voluntariado en la reserva de koalas también me produjo estrés (yo pensaba que eran pacíficos... los encargados de la reserva digo) Lo dicho, el estrés sufrido bien merecía un descanso y decidí retirarme a la Polinesia Francesa: Tahití.

Me alojé en un humilde bungalow de hojas secas de palmera en frente de una playa paradisíaca sin lujos, sólo con lo necesario para sobrevivir. La vida es placentera y tranquila, sigo los ritmos de la naturaleza y, con la mirada, el ritmo de esas jovencitas polinesias con cocos cubriendo sus dulces pechos mientras danzan para los foráneos, invitando al placer carnal con total naturalidad. Sin los prejuicios y condicionantes morales de la cultura occidental, el placer carnal en estas tierras se vive de forma diferente, todo es más libre y sin pudor; actos que en occidente pueden parecer obscenos y pervertidos aquí son vividos de forma absolutamente normal. Es un alivio y todo un descanso poder dejar fluir tus pasiones más profundas y perversas sin tener que estar recurriendo a sucias artimañas de manipulación psicológica para conseguir tus propósitos (gracias Mahuru, que significa Diosa de la Primavera, por aquello que ya sabes)

Pero no todo es placer y tranquilidad, lujuria y desenfreno. A los pocos días comencé a tener pesadillas que no me dejaron dormir. Siempre la misma escena: un hombre casi loco persiguiéndome con una navaja o una especie de cuchilla de afeitar. Esto, y una palabra que se repite: Papeari... Papeari... Papeari.... Al mismo tiempo, una necesidad enorme de hacer algo que jamás había sentido la inspiración de hacer: pintar, dibujar, hacer cuadros. Preocupado por estos hechos fui a consultar a un chamán polinesio practicante de una fe indígena que llaman Huna. Lo que me dijo fue increíble. Me dijo que vio en mi espíritu a un ser que podría ser un viejo conocido de la Polinesia Francesa. Me contó la historia de que hace unos cien años habitó en estas tierras un foráneo oriundo de París muy hábil en las artes plásticas y la pintura. Que esa persona había huido del Viejo Continente tras graves problemas con un amigo suyo, también hábil en las artes plásticas y la pintura. Le pregunté si para él significaba algo la palabra Papeari, que también oía en mis pesadillas. La respuesta fue sorprendente: Papeari era el lugar en el que habitaba ese personaje extraño durante su primera visita a las islas. Puse todas mis fuerzas en intentar averiguar de qué personaje podría estar hablándome el chamán polinesio de la fe indígena que llaman Huna. Mientras investigaba, me dediqué a elaborar ungüentos oleosos de diversos colores con lo que la naturaleza me proveía hasta conseguir mis propios pigmentos; con hebras de coco seco fabriqué mis propios pinceles. Comencé a pintar. A los pocos días fui a Papeari a ver qué podía averiguar sobre el dichoso pintor que poseía mi alma. ¡Sorpresa!... allí estaba..... la Casa Museo de Paul Gauguin. Ya todo tenía sentido; el que me perseguía en mis sueños con una cuchilla de afeitar era Van Gogh mientras discutía con Gauguin en Arlés justo antes de cortarse la oreja.... Increíble, el instinto que me llevó a Tahití era en verdad el espíritu de Paul Gauguin reencarnado sobre mi persona.

Conté esta historia a una pareja de ancianos que se hospedaban en la humilde cabaña de al lado. Una pareja ya retirada de los negocios oriunda de Francia y dueña de una conocida multinacional francesa dedicada a la distribución de productos para el bricolaje, pero cuyo nombre no voy a decir para que no sean fácilmente identificables, por respeto a su intimidad y anonimato. Fascinados por los acontecimientos que estaban presenciando, no dudaron en adquirir mis obras artísticas por una más que generosa cantidad de dinero, hecho que agradecí pues pude reponer mis ya mermados recursos económicos. Al verme despojado de mis creaciones artísticas y con los bolsillos repletos del vil metal, un frío como jamás había sentido recorrió mi cuerpo. No sé si es que Paul me abandonó en ese momento o es que una nueva sensación me empujaba a otro lugar. Lo único que sé es que sentí frío.... mucho frío. La señal estaba clara. Mi próximo destino: Alaska.

Y aquí estoy camino de tierras polares en un Airbus 380 de Fly Emirates donde, por cosas del destino, la tripulación de cabina ha tenido que ubicarme en primera clase aún no habiendo yo comprado el billete para tal categoría. Así descanso y desconecto un poco. A fin de cuentas, estar poseído por el espíritu de un pintor famoso no es plato de buen gusto para nadie, aunque solo sirva para adquirir pingües beneficios económicos. Es tremendamente agotador y decepcionante ver como tu YO, tu EGO, eso que has ido a encontrar y vivir tras dejarlo todo, se sale de tu cuerpo para que de pronto llegue Paul Gauguin, se introduzca en tu ser y te lleve a las paradisíacas islas de la Polinesia Francesa sólo para algo tan banal y superficial como gozar del sexo libre y libidinoso o hacerte con una importante suma de dinero. Todo ese desarraigo del YO en plena reencarnación para que, de la noche a la mañana, te dejen helado, frío y abandonado para irse con una pareja anciana oriunda de Francia, dueña de una conocida multinacional francesa dedicada a la distribución de productos para el bricolaje, pero cuyo nombre no voy a decir para que no sean fácilmente identificables, por respeto a su intimidad y anonimato. Siento ese frío... ese vacío... pero.... allá voy Alaska... allá voy... Quizás allí si podré encontrar a mi verdadero YO.

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